Fragmentos
El primer capítulo de Rayuela debería estar entre los más perfectos en la historia de la literatura.
Una mis partes favoritas es el fragmento donde Cortázar describe cómo Oliveira había desarrollado un método para acordarse de las cosas inútiles: “el juego consistía en recobrar tan solo lo insignificante, lo in ostentoso, lo perecido.“
Quizás gracias a estas líneas mi mente últimamente me llena de imágenes insignificates: como los pasillos enormes del metro de Bruselas, largos, largos, en forma de semi-túnel, decorados con montones de ladrillos pintados de blanco que terminan en la ventanilla de boletos.
Otro momento es el de una caminata en la noche. Hay un jardín enorme, una barda de ladrillos color adobe de mi lado izquierdo y una avenida llena de carros a mi derecha.
No se por qué los recuerdo.
Mientras escribo me llega a la mente una vez que un perro que nada sabía de modales dejó sus heces en medio de la fila para comprar los boletos de viaje y una señora terminó embarrándose “el regalito” en su maleta y zapatillas mientras todos alrededor la veían con una risa nerviosa.
Y así: un recuerdo insignificante lleva a otro.
Es como un hábito que no se controla.
Debo también confesar que a veces de manera consciente mientras estoy de visita en algún sitio me pongo a observar los detalles más absurdos: cuántos focos hay, de qué color es el salero; pensando, quizás, en que algún día también lo recuerde sin querer.
